SIN PALABRAS

(monólogo)

Nuevamente vuelvo a estar sentado aquí. Amanecí con esta incertidumbre, amanecí con el cansancio de hace veintiséis años, cuando llegué a la ciudad. Amanecí con otras palabras, con otros sonidos, con otras expresiones. Amanecí como he amanecido desde hace ya tanto tiempo, con la incertidumbre de no entender nada, con el miedo, con la dignidad entre las piernas.

Hoy me volví a vestir con las palabras de otra lengua. Me vestí con una cultura inexacta, con una cultura que no me dice nada. Me volví a vestir con la incomodidad de lo cotidiano. Así es el día de hoy.

Hoy no quiero hablar. Hoy no tengo ganas de decir algo. Las personas no me entienden, las personas se burlan cuando hablo en mi lengua. Los curiosos llegan y preguntan:

—Oye, tú hablas náhuatl, ¿verdad? Oye, ¿qué significa esto?

Sólo es pura curiosidad o, tal vez, lo hacen para burlarse. Algunas otras personas me dicen que es muy bonito. No sé si se están burlando de mí o si de verdad quieren saberlo.

El día que llegué a la ciudad me sentí raro, vine a trabajar a la casa de un abogado en la colonia Del Valle, me sentía solo e intranquilo. Tuve que aprender el español, lo aprendí por dignidad para no sentir que las personas se burlaban de mí. Tuve que aprenderlo para poder compartir con mis compañeros, para poder expresar todo aquello que trataba de decir, para no expresar todo aquello que sentía.

Tatué todas aquellas palabras de mi niñez en el alma, las guardé en los rincones de mi cabeza. Dejé de hacer, pensar y decir todo aquello que me habían enseñado mis padres. Dejé aun lado todo lo que había aprendido en Tlaxcala, allá en mi pueblo, mi nostálgico San Isidro Buen Suceso.

Allá en San Isidro todos hablaban náhuatl. Allá todos entendían la «lengua», como solían decir. Allá las palabras tenían sentido, tenían fuerza, una razón de ser. Entendía cada gesto, cada palabra; pero cuando llegué a la ciudad todo me parecía raro, sin sentido. Me sentí mudo, ciego, sordo. No podía ver lo que las demás personas veían, no podía escuchar lo que todos escuchaban y lo peor de todo es que no podía hablar lo que los demás hablaban.

Recuerdo cuando el maestro albañil me pidió que nos viéramos en una estación del metro. Se me olvidó el nombre y la primera palabra que pude ver cuando llegué al lugar fue «Andenes». Pensé que ese era el nombre de la estación y, por supuesto, esperé al maestro más de dos horas y nunca llegó. En esas más de dos horas, el lugar me parecía tan sofocante, pasillos oscuros y repletos de gente que murmuraba y caminaba tan deprisa que simulaba los hormigueros que había en los cerros de San Isidro.

Cuando volví a ver al maestro albañil, me regañó. Le platiqué a él y los demás chalanes sobre mi anécdota; todos enseguida comenzaron a burlarse de mí. Me sentí impotente, desilusionado, frustrado. Dijeron que era bien pendejo, que por qué no les había preguntado a las personas; mi respuesta fue muy obvia: «Porque no sé preguntar».

Agarré libros, me puse a leer, a estudiar y en momentos pensé que por fin podía entender, pensé que podía hablar; pero hoy, me doy cuenta de que no, de que ¡todo fue una falsa ilusión, me doy cuenta de que me comió el metro, la gente, los aparadores, la escuela, el miedo, la frustración! Me di cuenta de que me falta algo.

Me di cuenta de que aquí el mundo no es como me lo enseñaron, que aquí no puedo platicar con el viento, con el monte, con los dueños del agua. Me di cuenta de que aquí las personas te miran con desprecio, que no les importa lo que pase en tu día a día. Ahora, las personas me dicen que soy más civilizado, me felicitan por hablar bien español, dicen que ya no se me ve lo «autóctono».

Me sorprende, me encabrona, me emputa que muchas personas no sepan que existen diferentes lenguas en nuestro país, que las escuchen y no se detengan a saber, aunque sea un poquito de ellas. Me da mucha tristeza que se burlen de las personas que hablamos diferente.

Un día me acerqué a la universidad y vi que había una plática sobre la diversidad lingüística de México. Me metí y escuché, o medio escuché que decían que, según nuestra Constitución, todas las lenguas indígenas son válidas en el territorio nacional. Fue tan emocionante saber eso, saber que podía hablar mi lengua en donde quisiera, con las personas que quisiera, qué gran emoción y qué gran decepción.

Salí motivado de la universidad, entré al metro y compré mis boletos en náhuatl. Saludé a los policías en náhuatl e iba caminando con tanta felicidad hasta que un oficial se acercó a mí y me preguntó si iba borracho. Por supuesto, le respondí:

—¡Ahmo teyacanqui! («¡No, oficial!»).

Se enojó tanto que me dijo:

—Mira, cabrón, no te hagas pendejo que no entiendes. ¿Vienes pedo o drogado?

Esa tarde me llevaron a un módulo de vigilancia por no hablar español. Le expliqué a la licenciada lo que había escuchado en la universidad y me dejaron ir.

¡Qué poca madre que por hablar mi idioma tenga que pasar todas esas penurias! Qué tontería que ni las autoridades ni los servidores públicos sepan que en nuestro país se hablan muchas lenguas. Que hoy en día con toda la tecnología y los medios que tienen a la mano sigan diciendo que hablamos dialectos. ¡Carajo! El español que se habla en México también es un dialecto. «No, ¿cómo crees? Es un idioma».

Entonces hablar español hace que la gente se sienta más preparada, más culta, superior, que sienta que puede tratarnos como seres inferiores por el simple hecho de hablar algo distinto. En alguna ocasión se me ocurrió hablar náhuatl en público; enseguida, tres muchachas comenzaron a reírse. Nadie entendía lo que estaba diciendo. Imagínate qué se siente que se burlen de ti por cómo hablas, que se rían cada vez que pronuncias todas esas palabras de amor que salían de la boca de tu madre cuando eras pequeño; ese sentido de cariño y sabiduría, de pronto, se convierte en una carcajada, en una burla.

A mí también me da risa cuando hablan en español. Me cuestiono todo lo que dicen; a veces, ni ustedes mismos llegan a entender todas esas palabras. Sin embargo, he llegado a respetarlos, respeto su forma y admiro todas las cosas que yo no conocía, pero sigo sin entender ese sentido de superioridad, esa discriminación. ¿Nosotros no tenemos cultura? ¿Nosotros no tenemos conocimiento? ¿No sabemos de la vida? Pasan la vida y gastan muchísimo dinero estudiando otras lenguas. Nosotros en un mes aprendimos español, inglés y cualquier lengua que necesitemos pues tenemos la necesidad de comer.

Un día me cansé y les pedí a mis compañeros que no se burlaran de mí. Les pregunté si se sentían mexicanos, les pregunté si conocían la realidad de las comunidades indígenas, les pregunté si entendían que había personas que hablábamos otros idiomas. Nuevamente se burlaron, dijeron que esos no eran idiomas. En lugar de enojarme, me senté a explicarles:

—Un dialecto es la variación que tiene un idioma.

—Son las formas que tiene un idioma en determinada región.

Les dije que ellos hablaban el español de México, pero que en otros países también se habla español: el de Argentina, el de Colombia, el de España, el de El Salvador. Creo que moví un poquito su conciencia, pero sigo sintiéndome extraño. Tengo el miedo latente a no conseguir trabajo. Siento que todo aquello que aprendí se va por un abismo, que no es válido en esta sociedad. Hoy me siento triste, indignado porque mis palabras y mi mundo no son válidos en este mundo.

Veo el sol y no tiene ya sentido; ya no puedo sentir el viento. Me tuve que vestir con una lengua ajena a mí, tuve que adoptar el español para poder conseguir trabajo, para poder pedir un poco de comida, para hacer el intento de estudiar. ¿Y por qué no pude hacer esto en mi lengua? La Constitución mexicana en su artículo 2º dice que todas las lenguas nacionales son válidas para cualquier trámite. La Ley General de los Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas también dice que puedo hacer válida mi lengua en cualquier contexto. Sólo en papel; en la realidad, aún es inexistente.

Cuando entré a la universidad intenté hacer mi tesis en náhuatl. Los asesores me dijeron que no podían leerla. Les pedí que consultaran a un traductor y me dijeron que no, que si no estaba en español no podía titularme. Me pregunto ¿por qué yo tuve que aprender español? ¿Por qué sí tuve que aprender una lengua que no es mía y ellos no? Tan sólo es cosa de respetar…O, al menos, eso dicen las leyes. Imagínense si en la universidad pasa eso.

En la ciudad se hablan diferentes lenguas. Todas ellas en secreto por miedo a ser juzgadas, por miedo a ser reprimidas con burlas, estereotipos y discriminación. Hoy me siento un extraño en mi propia tierra, hoy no le encuentro sentido hablar, hoy amanecí y siento como si tuviera engrapada la boca, unas grapas tan resistentes que no me dejan sentirme yo. Debo confesar que todo este tiempo me he sentido atrapado en una lengua porque no puedo expresar las cosas que yo quiero, las cosas que siento.

Y les pregunto ¿por qué yo sí y ustedes no? Yo hablo español y también náhuatl; hablo ñahñu y mazahua, inglés y francés. ¿Ustedes cuántas lenguas hablan? Yo, por eso, este día prefiero quedarme sin palabras.

EL AJOLOTE, UN TIEMPO QUE MUERE Y VUELVE A NACER

El inicio

En estas tierras brujas, sagradas y llenas de silencio florecieron un puñado de palabras dicotómicas, vírgulas errantes que hablan sin hablar, vírgulapalabras que no pude leer, que no pude entender. Y en algún lugar de la inmensa jícara[1] celeste se conjugaron los verbos empeyotados[2], los verbos medicina, verbos que dilataron las pupilas. Y ante esos ojos drogados, la noche nos envolvió en su ayate[3] de miles de estrellas, cada una de ellas en su danza parpadeante al compás de nuestra carne, de nuestros cuerpos, al compás de un gemido romántico, al compás de la noche en nuestros cuerpos desgastados.

Por las tardes y los días comencé a escribir de todas aquellas cosas que incendiaron mi sentir. Comencé a leer las letras del viento, a leer los párrafos de la noche, comencé a traducir tus ojos coyote. En un abrir y cerrar de ojos, el aleteo de los pájaros y sus canciones presagiaron nuestros días, cantaron de aquellos tiempos en donde no existíamos en este hoy, tan difuso e intranquilo. Cantaron de nuestro encuentro fortuito y también entonaron canciones de aquel, nuestro adiós y el fin de los tiempos. Su ópera maestra «la ópera del pájaro errante» fluyó entre lágrimas, abrazos, apapachos[4] y rostros amorosos prometiendo que algún día se volverán a encontrar, como fue en otros tiempos, allá, en esas tierras brujas y sagradas.

Así, las historias se convirtieron en poemas, los poemas se convirtieron en cuentos y los cuentos se convirtieron en relatos sacros de los que espero que, algún día, el mundo pueda leer y recordar en los malacates[5] del tiempo. De noche su sonrisa es tan bella que danza al ritmo de las notas del silencio. De noche sus ojos brillan tan intenso que es difícil dejar de mirarlos. De noche se confunde con los seres de otras vidas; ellos, los que me han acompañado en todas estas vidas. De noche la letra se convirtió en la tinta del diablo, tinta que pinta los tetzahuitl[6], visiones funestas que se mezclan con los sueños venenosos en los que, a veces, vale la pena caer, y, al despertar, los sueños se vuelven benditos. Bendito veneno que frente a mi altar endono al señor del viento y agradezco me hayan llevado a ti, aunque tengo la sensación de que yo solito me empiné.

En esas tierras malditas, desearía ser letra que coman tus ojos, ser la tinta que pinte tu piel y vivir eternamente en ti. En tierra sagrada, me gustaría ser viento y alma que flote junto a ti. Ser veneno, ser miel, letra bendecida y el coyote errante que camine sobre tu piel…

…no sé de la noche ni de la vida.

No sé de ti ni sé de mí.

No sé si esto es real:

un tetzahuitl

o un sueño astral.

Si es un sueño,

nunca quiero

despertar.

Raíces

¿De dónde venimos? Que los vientos nos persiguen y amarran con la tilma[7] de aquellos viejos enamorados. Quizá de un lago chalchiwitoso[8] que remoja nuestros pies y donde el lodo acaricia nuestros cuerpos. Quizá de una tierra que se pinta con los tonos ocelote y el zoquiyo[9] de las fotos antiguas, esas que nos hacen añorar lo de antes. Antes, cuando vivíamos en el ombligo del maguey, entre versos y toques de tambor, entre el wawtli[10], la mihtotilistli[11] y el embriagante olor a copal, que como huipil[12] cubre tus senos y caderas hechas de maíz y aguamiel. Quizá de ahí, dentro del temazcal[13].

 ¿De dónde? Que parece ayer la tortilla que descansa en el tlecuil[14].

¿De dónde? Que tus manos no son las de hoy, pero las mismas de ayer.

¿De dónde? Que el tiempo y el espacio nos vuelven a juntar.  

¿De dónde? Que mi piel extraña tu piel.

¿De dónde? Que de este sueño no puedo despertar.


[1] Jícara: Recipiente elaborado con el fruto seco del árbol de jícaro o de la calabaza.

[2] Empeyotados: Que se encuentran bajo los efectos rituales o visionarios del peyote.

[3] Ayate: Tela tejida con fibras de maguey, utilizada tradicionalmente como prenda, carga o manto.

[4] Apapachos: abrazos y caricias que reconfortan a las personas, generalmente de madres a hijos o en su caso entre los seres amados.

[5] Malacates: Piezas circulares empleadas como contrapeso del huso para hilar fibras.

[6] Tetzahuitl: Presagio, augurio o manifestación sobrenatural que anuncia un acontecimiento extraordinario.

[7] Tilma: Manto o capa tradicional de origen mesoamericano, confeccionado con fibras naturales y usado sobre los hombros.

[8] Chalchiwitoso: De color verde brillante, semejante al jade.

[9] Zoquiyo: Lodo o barro espeso y húmedo.

[10] Wawtli: Amaranto, planta y semilla de gran importancia alimentaria y ritual en los pueblos mesoamericanos.

[11] Mihtotilistli: Danza o baile ritual.

[12] Huipil: Prenda tradicional femenina de origen indígena, confeccionada generalmente con tela tejida y bordada.

[13] Temazcal: Baño de vapor tradicional mesoamericano utilizado con fines terapéuticos, rituales y de purificación.

[14] Tlecuil: Fogón tradicional donde se prepara la comida, generalmente construido con piedras o barro.

Jorge Ricardo Choreño Luna is a writer and professor of the Nahuatl language. He studied Creative Writing at the Autonomous University of Mexico City (Universidad Autónoma de la Ciudad de México, UACM). Since 2000, he has taught Nahuatl language courses at various institutions, including the National Autonomous University of Mexico (UNAM), the Institute of Higher Secondary Education of Mexico City (IEMS), the National Institute of Indigenous Languages (INALI), the Commission for Natural Resources and Rural Development (CORENA), PILARES community learning centers, and cultural centers throughout the State of Mexico. He has also led workshops in theater and poetry.

He previously served as an instructor in the Teacher Training Program for Nahuatl Language Teaching at UNAM’s School of Languages, Linguistics, and Translation (ENALLT), where he taught courses in Written Production, Morphosyntax, Reading Comprehension, Teaching Methods for Culture, Pragmatics, and Semantics.

As an advocate for Nahuatl language and literature, he has participated in poetry readings and has written and directed several bilingual (Nahuatl–Spanish) stage productions. His work with communities in Texcoco (State of Mexico), Xochistlahuaca (Guerrero), and Indigenous communities in Mexico City has contributed to the strengthening and teaching of Indigenous languages.

As a writer, his poetry and prose explore, among other themes, the Nahuatl language, oral tradition, historical memory, and the worldview of Indigenous peoples. Part of his literary work is collected in poetry manuscripts written during his creative writing studies.

He is currently pursuing a bachelor’s degree in Art and Cultural Heritage while serving as Head of the Department of Indigenous Languages and Mexican Sign Language (LSM) at the School of Languages, Linguistics, and Translation (ENALLT) at the National Autonomous University of Mexico (UNAM).

Spanish-language editing and editorial preparation by Nia R.