Rober Diaz: Coma (Conto)

COMA

Mi mamá lleva dormida diez años. Entró en coma al sufrir una caída limpiando la casa cuando yo tenía quince. Aquel día, al regresar de la escuela sencillamente ya no la encontré. Estuvo en terapia intensiva y no me dejaron verla. Cuando la trajeron a la casa, su rostro antes bello, ahora estaba hinchado y ausente. De hecho, nunca me pareció que fuera la misma y claro, comprendí que no podría ser nunca más la misma, porque ahora quedaría postrada en una cama y el cuerpo se le llenaría de llagas. Por el golpe que recibió en la caída un nervio de la cara se le estropeó y era necesario vendarle la quijada para que no quedara con la boca semiabierta, en un rictus horrendo que la hacía parecer una idiota.

Mi papá no tardó más de un año en volverse a casar. Quise entenderlo. Era consecuente con su carrera política y no quería quedarse solo, pero supongo que siempre le negué la posibilidad de rehacer su vida, ya que si tuve tanta empatía con mi madre fue porque las dos fijamos nuestra relación hablando de mi padre, quien fue miembro de la Liga 23 de Septiembre y la había conocido en los años en que ella era una reportera con más ambiciones que ser una ejemplar ama de casa.

El resentimiento que sentía contra mi padre me parecía concordante con los sueños que, desde el mismo día de la caída de mi mamá, empecé a tener: mi madre embarazada y yo a su lado sabiendo que lo que llevaba en la panza se parecería en otro momento a mí. Ella emocionada porque, por algún periplo en el sueño que no me quedaba claro, sus amigos le permitían a mi padre fugarse de la cárcel de Jalapa, mientras ella enfrentaba distintos cargos judiciales que iban desde el tráfico de drogas hasta la extorsión, pasando por el secuestro y el daño a las vías federales de comunicación. Dentro del sueño ella sentía una enorme dicha. Recuerdo que al

 revivir el drama de lo ocurrido, yo experimentaba mucha lástima por ella y le gritaba (el sueño ya convertido en pesadilla):

—¡Lachita! ¿Que no ves que te está viendo la cara de pendeja?

Mi papá la reencontró años después cuando yo tenía cinco años, los mismos que ella pasó negando que tuviera alguna relación con él. Años en los que las puertas de los periódicos en los que intentó trabajar se le cerraron. Años en que, digamos, actuó sobre ella una censura personal por parte del aparato gubernamental.

Por la madrugada, al despertarme del sueño, fui a gritarle a mi papá: ¿por qué nunca me dijiste que los habían arrestado y habías dejado a mamá botada como a un perro, a su suerte, sólo para que tú pudieras cubrirte las espaldas?

—¿Qué cosas dices? ¿Quién te contó eso? —intentó decirme, pero no dejé que me explicara nada y salí de su cuarto diciéndole que ojalá y se muriera.

Fui por primera vez a terapia. Cuando mi papá regresó a casa, me encontró vestida con la ropa de ella: mallas verdes, botines de ante cafés, casaca beige, short negro bien entallado, lentes de pasta y además, también como ella, cola de caballo. Hasta ese momento yo no había tenido un encontronazo directo con su nueva esposa, pero al recibirlos en la puerta le dije, mirándola a la cara:

—Tú no eres mujer con la que yo tenga que competir.

¿Por qué le dije esto? Pasarían al menos cinco años de terapia en los que mi psicóloga, la Dra. Celestina se cansó de explicarme los pormenores del conflicto de Electra, cinco años en los que,

 también como mi madre, estudié periodismo y en los que, por otro lado, no hice absolutamente nada, bueno tal vez sí una cosa: seducir a mi papá.

Mi mamá era rubia. Por azares del destino yo salí con el cabello crespo y negro como el de mi padre. Pero yo era más alta y, por decirlo como mi padre lo decía, más culona. También un poco más bonita. No sé si más inteligente, pero creo que sí mucho más rebelde. Eso me ayudó para estudiar periodismo, donde se necesita arrojo y valentía pero, la verdad sea dicha, sólo me ayudó para montar una investigación muy hechiza de mi padre, al que rastreé con un sólo motivo en mente: sacarle sus trapitos al sol para hacerle pagar el olvido en que tenía a mi madre en el cuarto de arriba y el éxito inmerecido que había acumulado como un personaje que encarnaba la nueva izquierda mexicana. En ese entonces era diputado y se veía bien claro que la senaduría estaba cerca.

Todos los días iba a platicar con mi mamá y le daba mi opinión sobre las revelaciones que me hacía en los sueños. Claro que nunca me contestaba, pero a través de esas visiones oníricas me mostró cómo había hecho por primera vez el amor con mi papá. Fue en un campamento, en la sierra de Guerrero. Ella se bañaba a jicarazos y bien de madrugada lo descubrió espiándola y, cuando lo enfrentó, él se le fue encima. Eso para mí nada tenía que ver con el amor. Al despertar fui hacia su cuarto y saqué a la enfermera y abracé a mi mamá diciéndole que ahora yo entendía cuánto había sufrido.

—Te violó —le dije— ese animal, te violó. Y berreé en su lecho.

Fue una liberación. Aunque como bien dicen, todo lo que te libera a la vez te ata, porque fue entonces cuando entendí que haber estado en ese sueño, cuando la ultrajaba, me había excitado enormemente. Tal vez ese fue el único pensamiento del que fui consciente en ese tiempo.

Deseaba a mi padre y, más aún, deseaba ser violada por mi padre. ¿A quién iba a dejar postrada en una cama? A nosotras no. O más bien, yo no lo permitiría.

Fui ingresada en el psiquiátrico Icono Sur un sábado por la noche. Dijeron que tenía una crisis nerviosa y que había atacado a la esposa de mi papá. Lo único que recuerdo con mediana claridad es a la doctora Celestina preguntándome mi nombre al día siguiente y como si no me conociera.

—Mi nombre es Mercedes Pedroza, nací el 19 de junio de 1962.

—¿De dónde vienes?

—Soy reportera y conocí a Baldomiro Arteaga en la Sierra Norte de Guerrero.

—Tú no eres Mercedes Pedroza. Tú nombre es Teresa Arteaga Pedroza y naciste el 15 de julio de 1997. Mercedes Pedroza, a la que llamabas “Lachita”, es tu madre.

Si sabía tanto de mí, ¿por qué me lo preguntaba? Decidí no esperar más y salir de aquel lugar. Ataqué a la doctora exigiéndole las llaves y creo que no fue muy inteligente de mi parte hacereso, porque sólo logré que me amarraran y me tuvieran sedada.

A la doctora no la volví a ver, pero el tratamiento que me propinaron –rivotril y clonazepan– apenas me dejó consciente y sin la menor intención de alzar un brazo en contra de alguien más. Cuando llegó a verme mi papá, muy preocupado, me dijo:

—No entiendo lo que te está pasando, tampoco entiendo muy bien todo lo que me reclamas, pero creo que es necesario que te diga la verdad. Tu mamá no es esa señora que está en la cama. Tu mamá se fue a hacer su revolución a la Sierra de Guerrero.

Rober Diaz was born in Mexico City in 1981. He has a degree in Political Science from Universidade Nacional Autónoma de México. He was editor of the literary journal Cràse  and Sin-ismo from the Faculdade de Letras da Universidade do Porto, Portugal.